LONDRES.— El rey Charles III llegó este lunes a Estados Unidos junto a la reina Camilla para una visita de cuatro días que, lejos de ser protocolar, quedó atravesada por la tensión geopolítica con Irán y por el reciente ataque armado en Washington.
El viaje —el más relevante de su reinado— marca el 250° aniversario de la independencia de Estados Unidos y es la primera visita de un monarca británico en dos décadas. Incluye una reunión privada con el presidente Donald Trump, un discurso ante el Congreso y una cena de Estado en la Casa Blanca.
Desde el Buckingham Palace confirmaron que la agenda se mantiene sin cambios, pese al impacto del tiroteo durante la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, que obligó a evacuar a funcionarios y volvió a poner en duda la seguridad de eventos de alto nivel.
La visita se da en un contexto delicado en la relación bilateral. La administración de Trump había cuestionado al gobierno británico por su postura frente a la guerra con Irán, lo que reavivó tensiones en una relación que Londres busca sostener como “especial”. Incluso, un correo interno del Pentágono evaluó revisar el respaldo de Estados Unidos al reclamo británico sobre las Islas Malvinas como represalia por la falta de apoyo en el conflicto.
El primer ministro británico Keir Starmer apuesta a que la visita contribuya a recomponer el vínculo, considerado por algunos analistas en su punto más bajo desde la crisis de Suez en 1956.
En la agenda, además del encuentro con Trump y la primera dama Melania Trump, el rey —que continúa en tratamiento por cáncer— dará un discurso ante el Congreso, en lo que será apenas la segunda vez que un monarca británico lo hace. Luego viajará a Nueva York para participar en actos conmemorativos por las víctimas del 11 de septiembre, de cara al 25° aniversario.
El cierre del viaje será en Virginia, donde Charles mantendrá encuentros vinculados a temas ambientales, una de sus principales banderas históricas.
Sin embargo, el trasfondo político domina la escena. La visita quedó envuelta en la disputa entre Estados Unidos y el Reino Unido por el conflicto con Irán, a lo que se sumó el impacto del reciente intento de ataque contra funcionarios estadounidenses en Washington.
El resultado es un viaje que, lejos de lo ceremonial, se convierte en un test diplomático en medio de un escenario internacional volátil.

