BUENOS AIRES.— El precio del oro se disparó más de 60% en 2025, encadenando récord tras récord en un año marcado por tasas de interés en retroceso y un clima económico global cada vez más incierto.
En paralelo, la plata duplicó su valor y el cobre trepó a máximos históricos, alimentando una fiebre de metales que reconfigura economías y revive viejas tradiciones de refugio financiero en varios países.
En Senegal, el salto del oro transformó a uno de los metales más antiguos del comercio africano en una de las principales fuentes de divisas del país.
En Kédougou, una región limítrofe con Mali y Guinea, la explosión de precios atrajo a miles de jóvenes sin empleo que ven en la minería artesanal una salida a la pobreza.
La actividad crece en campamentos improvisados y pozos que se multiplican a ritmo acelerado, mientras la exportación se consolida como un pilar para un Estado altamente endeudado que necesita ingresos frescos.
En Argentina, el Gobierno de Javier Milei apuesta a que el nuevo ciclo alcista de los metales impulse la gran minería. El oro es la principal exportación minera del país, pero la producción cayó por el envejecimiento de yacimientos y la falta de inversiones.
Para revertir esa curva, una ley con beneficios fiscales y cambiarios busca atraer capitales hacia proyectos de gran porte. El caso emblemático es la mina Gualcamayo, en San Juan, que estaba destinada al cierre y ahora podría resurgir con una inversión de US$ 650 millones, en línea con la renovada demanda global.
México, por su parte, desplazó este año a Perú como el mayor productor de oro de América Latina. Las exportaciones alcanzaron su nivel más alto en 12 años, un récord impulsado por los precios internacionales y por el mayor apetito de mercados asiáticos y europeos.
La fiebre del metal también provocó cambios sociales: comunidades enteras ajustaron su modo de vida y oficios tradicionales se adaptaron a una actividad que hoy pone al país entre los grandes jugadores globales del sector.
En Bolivia, el impacto se siente directamente en las reservas internacionales. Tras años de caída y una aguda falta de dólares, el repunte del oro permitió recomponer parte del colchón financiero del país. Hace apenas tres años, el 60% de las reservas estaba compuesto por oro; hoy esa proporción asciende al 90%.
En las calles, la población mantiene una práctica arraigada: la compra de joyas como herramienta de resguardo de valor, una alternativa que volvió a ganar fuerza ante la persistente escasez de divisas.
El nuevo boom del oro —propulsado por la baja de tasas y por la búsqueda global de refugios ante un horizonte económico incierto— está reconfigurando geografías productivas y decisiones financieras. Y, al cierre de 2025, la fiebre del metal sigue lejos de agotarse.

