MUNDO.— Las amenazas al orden económico mundial han llegado a un ritmo vertiginoso durante los primeros ocho meses de la presidencia de Donald Trump: desde un fuerte shock arancelario hasta la disputa por el control de la Reserva Federal e, incluso, la aparición de una forma incipiente de capitalismo de Estado en Estados Unidos.
Pero la reacción de los mercados bursátiles y de bonos, así como de la actividad económica global, ha sido sorprendentemente moderada: la economía mundial sigue creciendo, las acciones han repuntado y los temores inflacionarios se mantienen contenidos.
Si bien muchos actores temen que todo pueda desmoronarse con el detonante adecuado, el panorama está muy lejos de las sombrías predicciones del inicio del mandato de Trump, cuando se dispararon las probabilidades de recesión, los mercados se desplomaron y algunos titulares llegaron a advertir sobre la “cancelación de la Navidad” en un eventual colapso del comercio mundial.
“La economía global continúa mostrando una notable resiliencia en medio de la creciente incertidumbre política y de políticas”, escribieron recientemente economistas de BNP Paribas, atribuyéndolo a “condiciones financieras favorables, balances sólidos de hogares y empresas, la promesa de un aumento de productividad impulsado por la inteligencia artificial y precios de la energía más bajos, entre otros factores”.
Quizás el factor más importante es que uno de los mayores temores iniciales —una guerra comercial con aranceles crecientes y una paralización del comercio global— no se ha materializado.
Existen acuerdos, aunque precarios, con países exportadores de Europa y Asia. Y si bien el panorama sigue en movimiento, la disposición de los socios comerciales de EE. UU. a aceptar gravámenes más moderados ha derivado en tarifas repartidas entre exportadores, importadores y consumidores, lo que según los economistas constituye una carga manejable.
Mientras tanto, los intentos de Trump por destituir al presidente de la Fed y despedir a uno de sus gobernadores —quizás entre sus acciones más disruptivas— han fracasado hasta ahora, y los mercados financieros parecen dispuestos a ignorar el riesgo de una mayor injerencia de la Casa Blanca en la política monetaria hasta que ocurra.
De hecho, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años —uno de los instrumentos que los inversores podrían usar para disciplinar la política estadounidense— ha caído del 4,6% cuando Trump asumió al 4,1% actual.
Aunque esto podría reflejar dudas sobre el crecimiento, no es lo que ocurriría si los inversores globales estuvieran perdiendo la confianza en EE. UU., en la independencia de la Fed o en la trayectoria inflacionaria de largo plazo.
La Reserva Federal se muestra lo suficientemente confiada en su meta de inflación como para haber recortado esta semana su tasa de referencia en 25 puntos básicos. El presidente Jerome Powell minimizó el impacto de las críticas de Trump, incluyendo sus llamados a su renuncia y el fallido intento de destituir a la gobernadora Lisa Cook.
“No veo que los participantes del mercado estén incorporando eso al fijar las tasas de interés (de los bonos del Tesoro y otros instrumentos)”, dijo Powell en la conferencia posterior a la reunión.
Pronósticos de crecimiento al alza
Por ahora, esta calma tensa ha dado cierto respiro al resto de la economía global.
Pese a su desaceleración general, el Banco Popular de China mantuvo sin cambios una tasa clave esta semana, apoyado en exportaciones resilientes y en el repunte bursátil, que permitió a las autoridades abstenerse de aplicar nuevos estímulos.
La eurozona también muestra un desempeño mejor al esperado: el Banco Central Europeo elevó la semana pasada su previsión de crecimiento del PIB para 2025 a 1,2%, desde el 0,9% del año pasado, en medio de lo que su presidenta Christine Lagarde llamó “resiliencia de la demanda interna”.
Italia, con una abultada deuda pública, está ordenando sus finanzas lo suficiente como para que Fitch considere mejorar su calificación. España, por su parte, mantiene un fuerte repunte: el Banco de España elevó esta semana su previsión de crecimiento para 2025 al 2,6%, gracias al turismo y otros sectores que sostienen la demanda interna.
La mayor economía europea, Alemania, se prepara para un salto significativo: de la actual parálisis pasaría a un crecimiento del PIB de entre 1,5% y 2,0% en 2026 y 2027, impulsado por un masivo plan de gasto público en infraestructura y defensa, combinado con recortes fiscales.
“El plan fiscal alemán será un apoyo enorme para la economía a partir de 2026”, señaló Caroline Gauthier, codirectora de renta variable de Edmond de Rothschild Asset Management.
En Japón, los responsables de política económica todavía intentan explicar el optimismo empresarial, con el índice Reuters Tankan en su mejor nivel en más de tres años.
En los mercados emergentes, el panorama se sostiene gracias a la debilidad del dólar estadounidense. Analistas destacan como focos positivos a Brasil, México e India, donde se espera que recortes impositivos fortalezcan la demanda interna y compensen, en parte, el impacto de los aranceles de EE. UU.
Un “ajuste de cola larga”
Sin embargo, persiste la sensación de que la actual bonanza no se construye sobre cimientos sólidos. Ya aparecen señales tempranas del golpe a los exportadores, desde Japón hasta Alemania, aunque menos dramáticas de lo que se temía.
“La explicación más plausible es que los efectos de los aranceles tardan en aflorar”, advirtió este mes el vicegobernador del Banco de Japón, Ryozo Himino, señalando que “la administración estadounidense podría implementar políticas que aún no prevemos”.
Algunos detectan una falta de realismo entre los inversores sobre la verdadera salud de la economía de EE. UU., que ven en cualquier signo de debilidad una oportunidad para apostar a recortes de tasas de la Fed.
Powell reconoció que el crecimiento estadounidense se concentra en la inversión en inteligencia artificial y en el consumo de los sectores de mayores ingresos, mientras que la vivienda está débil, la contratación es baja y podrían darse efectos de largo plazo derivados de políticas como la presión de Trump sobre las universidades, el recorte de fondos a la investigación y la toma de participaciones estatales en algunas compañías.
“La debilidad del mercado laboral estadounidense debería mantener a todos con el dedo en el gatillo de la recesión”, advirtió Oliver Blackbourn, gestor de carteras multiactivos de Janus Henderson Investors. “Pero existe un grado de complacencia, basado en la idea del Fed put”: la creencia de que la Fed saldrá al rescate si el crecimiento se desacelera.
Alan Siow, gestor de carteras en Ninety One, señaló que entender lo que ocurre en las cadenas de suministro globales puede tomar tiempo, ya que se acumularon inventarios durante la pandemia y se adelantaron pedidos antes de los aranceles de Trump.
“Los economistas siempre dijeron que esto sería un ajuste de cola larga”, explicó, advirtiendo que los niveles actuales de los mercados pueden no reflejar la realidad subyacente.
“Estamos en máximos históricos en todo”, agregó. “Como inversor, me incomoda eso. Y creo que no estoy solo”.

