CALIFORNIA.— El moretón en el ojo era fácil de pasar por alto. Quizá por la sombra que proyectaba su gorra de DOGE, o porque estiraba el cuello como si acabara de recibir el masaje más relajante del mundo, o porque todos estaban pendientes de Donald Trump. Tal vez fue por todo eso. En cualquier caso, pasaron 40 minutos antes de que alguien hiciera la pregunta obvia: ¿Qué le pasó en la cara a Elon Musk?
Musk culpó a un accidente con su hijo. “Le dije: ‘Adelante, pégame en la cara’, y lo hizo”, contó, refiriéndose a su hijo de 5 años, X. “No sentí mucho en el momento. Y luego, supongo que se me hizo un moretón.”
La explicación, dada el 30 de mayo durante lo que se suponía era su despedida en la Oficina Oval, fue tranquilizadora para quienes estaban preocupados por su estado de salud. Ese mismo día, el New York Times había publicado un reportaje —negado por Musk— en el que fuentes anónimas sugerían que su consumo de drogas psicodélicas contribuía a un patrón de comportamiento errático. Por otro lado, su juego brusco con su hijo parecía una metáfora de su breve y caótica incursión en la política presidencial: el hombre más rico del mundo abandonaba la Casa Blanca con una herida autoinfligida, y tal vez también con algunas emocionales.
Y estaba por empeorar. Muy pronto, Musk y sus intereses empresariales estarían en el punto de mira de Trump, y perdiendo altitud.
Musk había comenzado su papel en la segunda administración Trump tan cerca de la cima del mundo como puede estar un centibillonario. Se autoproclamó jefe del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, el programa de recortes que le dio temporalmente un enorme poder en Washington y sirvió de escenario para una especie de performance político surrealista. Se paseaba por la Oficina Oval como si fuera suya. Ridiculizaba a funcionarios públicos, recortaba fondos a bancos de alimentos, y se jactaba de enviar agencias enteras “a la trituradora”. Exigía acceso a planes militares sensibles y a bases de datos personales… y muchas veces lo conseguía.
Líderes mundiales, ansiosos por agradar a Trump, concedían licencias a SpaceX. Los anunciantes que habían abandonado su red social X tras declaraciones antisemitas, regresaban. El valor de mercado de Tesla se disparaba, al igual que las valoraciones de sus empresas privadas, como SpaceX y xAI, que comenzaron a levantar nuevas rondas de financiación.
La percepción entre muchos inversores era que Musk y Trump, quien había recibido $300 millones en apoyo de Musk, prácticamente habían fusionado sus intereses. “Amo a @realdonaldtrump tanto como un hombre heterosexual puede amar a otro”, escribió Musk en febrero. En marzo asistió a una reunión del gabinete con una gorra que decía: “¡Trump tenía razón en todo!”. Continuó atribuyéndose el mérito de los recortes de DOGE, incluso cuando el público comenzó a rechazarlos.
El entusiasmo complacía a Trump… por un tiempo. Pero el protagonismo de Musk también le salió caro. Ingresó a la política en 2024 como un empresario admirado. Un año después, las encuestas le daban una favorabilidad neta de -20%, mucho peor que la de Trump o cualquier otra figura política nacional. Algunos dueños de Teslas comenzaron a colocar calcomanías anti-Musk en sus autos eléctricos; otros, simplemente compraban en otro lado.
En su trimestre más reciente, Tesla reportó una caída del 13% en las entregas de vehículos respecto al año anterior, a pesar de que el mercado de autos eléctricos creció. Las acciones de Tesla han caído más del 30% desde el pico alcanzado tras las elecciones.
Nada de esto sería especialmente grave si Musk hubiera logrado mantener su estrecha relación con Trump, quien solía alentar a sus seguidores a comprar Teslas y tenía margen para suavizar regulaciones clave o adjudicar contratos a SpaceX. Pero días después de su aparición en la Oficina Oval con el ojo morado, Musk se desató con una de sus mayores rabietas en redes sociales. Entre otras cosas, dijo que Trump nunca habría sido elegido sin él. Luego afirmó (sin pruebas) que Trump fue cómplice de los crímenes de Jeffrey Epstein y (también sin pruebas) que los encubrió. Por eso, dijo Musk, Trump debería ser destituido y reemplazado por el vicepresidente JD Vance.
Trump respondió amenazando con cancelar todos los contratos de SpaceX.
El conflicto se enfrió. Musk borró las acusaciones sobre Epstein y emitió una especie de disculpa (“Lamento algunas de mis publicaciones”). Pero retomó sus críticas contra la gran ley económica de Trump —el “One Big Beautiful Bill”—, que además de extender recortes fiscales de 2017, también elimina subsidios clave para Tesla.
“¿Saben qué es DOGE?”, preguntó Trump en una rueda de prensa el 1 de julio. “DOGE es el monstruo que quizás tenga que regresar y comerse a Elon.”
“Está molesto porque está perdiendo su mandato de vehículos eléctricos,” añadió Trump. “Podría perder mucho más que eso.”
La amenaza no es tan descabellada como suena. Musk tiene una fortuna estimada en $360 mil millones, según el índice de multimillonarios de Bloomberg. Pero también tiene poco efectivo disponible, depende en gran medida del precio de las acciones de Tesla, de su relación con el gobierno de EE.UU. y de su capacidad de seguir levantando sumas casi ilimitadas de dinero de inversores que, hasta ahora, le han seguido el juego.
Hoy, cada una de esas patas del banco tiembla: las acciones de Tesla caen, su relación con Trump se deteriora, y hasta los inversores más pro-Musk comienzan a lanzar advertencias sobre la necesidad de que el directorio de Tesla intervenga. Sus empresas están tan interconectadas financieramente que un problema serio en una puede afectar a todas.
Y Trump aún tiene más armas. “¿Qué pasaría si aparece una norma o decreto irracional de la nada?”, se pregunta un veterano republicano bajo anonimato. También menciona el riesgo de una “represalia silenciosa” vía alguna de las investigaciones abiertas contra Musk, incluyendo por la SEC o la NHTSA (Agencia Nacional de Seguridad del Tráfico en Carreteras).
A fines de mayo, Musk dijo que estaba “de regreso a trabajar 24/7”. Ya lo ha hecho antes, concentrado en un objetivo claro. Esta vez tiene varios: Tesla, SpaceX y xAI enfrentan desafíos urgentes. Y luego está la venganza.
El 4 de julio, Musk anunció la creación de un tercer partido político, llamado America Party, con el objetivo declarado de apoyar candidatos independientes, incluso a costa de las mayorías republicanas en el Congreso.
Musk no respondió a pedidos de comentario. Pero tiene una habilidad casi sobrenatural para salir de aprietos. Tesla ha estado al borde de la quiebra al menos dos veces. SpaceX casi se queda sin dinero antes de su primer lanzamiento exitoso. Pero sus apuestas actuales —un robotaxi, un cohete aún inseguro, y una startup de IA que pierde más de $1.000 millones al mes— son algunas de las más arriesgadas que ha hecho hasta ahora.
Y todas, como se verá en las siguientes secciones del reportaje original, están también entre las razones por las que su imperio parece tan inestable. El presidente de EE.UU. tiene las herramientas y el temperamento para destruir el imperio de Musk. Pero en la lista de riesgos para Elon Inc., Trump va después del propio Musk.

