WASHINGTON.— Donald Trump ha centrado sus iniciativas de seguridad en el hemisferio occidental y Medio Oriente. Pero Asia sigue siendo una esfera de influencia mucho más valiosa.
Con una armada en el Caribe y otra frente a Irán, Donald Trump no rehúye el conflicto. El riesgo es que pierda de vista cómo el poder estadounidense ha servido para disuadir conflictos costosos en las regiones que más importan.
Durante más de una década, estrategas estadounidenses han pedido un giro hacia Asia, donde se concentra el crecimiento económico global y cuya economía está en camino de alcanzar los u$s 55 billones. Si esa es la prioridad, se desprenden dos conclusiones: Estados Unidos necesita aliados para contener a China y debe, al menos, mostrar respeto por las reglas globales si quiere que otros también las respeten.
Sin embargo, Trump ha mostrado disposición a presionar a aliados con reclamos territoriales o amenazas comerciales, aunque no siempre las concrete. Su administración sostiene que la única ley real en asuntos internacionales es la ley de la selva y ha insinuado una visión de esferas de influencia que comienza por consolidar el control estadounidense sobre su propio “patio trasero”.
El equipo de Trump afirma que fue él quien puso la contención de China en el centro de la política exterior y que sus movimientos envían un mensaje firme a Pekín y Moscú, al tiempo que obligan a los europeos —que tienen pocas alternativas a la alianza con EE.UU.— a aumentar su gasto en defensa. Algunos ven indicios de una gran estrategia para aislar a China de aliados como Rusia e Irán.
Pero el peligro de las esferas de influencia es que las potencias rivales también las quieran. China está decidida a afirmar control sobre Taiwán y el Mar del Sur de China. En el flanco oriental de la OTAN, varios países europeos temen estar en la mira del Kremlin.
Esas regiones son mucho más relevantes para EE.UU. y la economía global que el ámbito cubierto por la llamada “Doctrina Donroe” de Trump. Si estallan conflictos, a Washington le resultaría difícil mantenerse al margen. Y los impactos —según un nuevo análisis de Bloomberg Economics— serían catastróficos.
Una guerra por Taiwán podría costarle a la economía mundial más de u$s 10 billones, más que el impacto combinado de la pandemia y la crisis financiera global. Los puertos del Mar del Sur de China gestionan unos u$s 4 billones en comercio global cada año. Los países bálticos quizá no sean clave para las cadenas de suministro globales, pero una violación de su integridad territorial sería una grieta en el escudo de seguridad que permitió prosperar a Europa durante décadas.
Es cierto que muchas amenazas de Trump no se materializan. Tras alarmar a Europa con la idea de anexar Groenlandia, terminó moderando su postura. En materia arancelaria, solo alrededor de una cuarta parte de los gravámenes anunciados está realmente en vigor. Los ha suavizado con suficiente frecuencia como para que los inversores acuñaran el “TACO trade” (“Trump Always Chickens Out”). Aun así, cada episodio incrementa la incertidumbre entre los aliados, que nunca saben si las rectificaciones serán duraderas.
Davos con armas
Todas estas tensiones estarán en el centro de la Conferencia de Seguridad de Múnich esta semana, un evento apodado “Davos con armas”. En el pasado fue escenario de grandes giros políticos. En 2007, Vladimir Putin desafió al bloque occidental, y el año pasado el vicepresidente estadounidense JD Vance expuso fracturas internas.
El foco más caliente es Medio Oriente, donde ahora Trump amenaza con iniciar un nuevo conflicto. Un ataque estadounidense contra Irán implicaría grandes riesgos. En un escenario extremo, con el cierre del Estrecho de Ormuz y ataques a infraestructura energética regional, el petróleo podría superar los u$s 100 por barril, según Bloomberg Economics. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, histórico partidario de una confrontación con Irán, sigue presionando en esa dirección.
Sería una guerra opcional en una región que algunos en Washington consideran una distracción estratégica frente a Asia. El debate implícito es que, como potencia en declive relativo, EE.UU. debería ajustar su alcance a sus capacidades y elegir cuidadosamente sus batallas. Argumentos similares se han esgrimido para reducir el apoyo a Ucrania.
Las proyecciones de Bloomberg Economics subrayan el dilema. Asia —la región que una postura “America First” podría ceder a China— pasaría de un PBI de u$s 38 billones en 2025 a u$s 55 billones en 2035. Europa alcanzaría u$s 37 billones. En contraste, excluyendo a EE.UU., las Américas llegarían a apenas u$s 11,5 billones y Medio Oriente y África a u$s 9,5 billones.
Aún existen líderes proestadounidenses en Asia, como la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, recientemente fortalecida tras una victoria electoral contundente. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump identifica a Asia como uno de los principales campos de batalla económicos y geopolíticos del próximo siglo.
Sin embargo, algunas acciones contradicen ese discurso. La administración ha iniciado disputas arancelarias con Japón, Corea del Sur e India, tres grandes economías asiáticas y socios históricos. Antes de asumir, Trump sugirió que Taiwán —hogar del gigante de semiconductores TSMC— debería pagar “seguro” por la protección estadounidense.
El equilibrio estratégico también cambia. China posee una flota naval mucho mayor que la estadounidense y pronto podría superarla en submarinos. La base industrial de defensa de EE.UU. está sobrecargada y la mayoría de sus activos militares se encuentran en otros teatros.
Mientras tanto, algunos aliados tradicionales se distancian. En 2026, los primeros ministros de Canadá y el Reino Unido visitaron Pekín buscando cobertura ante la imprevisibilidad estadounidense. El propio Mark Carney calificó el orden internacional basado en reglas como una “ficción útil” que ya no funciona. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, dijo.
Desde una perspectiva económica, existe un desajuste entre el ruido generado por Trump y los beneficios potenciales. Groenlandia, por ejemplo, posee recursos minerales difíciles y costosos de explotar. Lo que EE.UU. arriesga es algo más sustancial: su relación con Europa.
Lo mismo ocurre con Venezuela, donde Trump envió fuerzas especiales para capturar al presidente Nicolas Maduro y ahora busca influir en su sucesión. Es una economía con un PBI de apenas unos u$s 100.000 millones y con reservas petroleras costosas de explotar.
Para Stephen M. Walt, profesor de Harvard, la estrategia de segundo mandato de Trump puede definirse como “hegemonía depredadora”. Podría funcionar a corto plazo, pero no en un mundo multipolar donde otras potencias tienen opciones para reducir su dependencia de Estados Unidos.

