BERLÍN.— Irritada, escéptica, sorprendida. Estas eran las reacciones que me invadían cuando en mis años como corresponsal en Brasil volví a Alemania. «Debe ser terrible vivir en Brasil», me decían, «alta inflación, mucha criminalidad, pobreza, drogas y la Amazonia deforestada a una velocidad récord».
«¿Cómo puedes vivir en un país así?», e incluso peor, «¿cómo puedes amar a un país así?».
Esas mismas preguntas las recibo ahora cuando voy de vacaciones a Brasil y me reúno con amigos, una señal inequívoca de cuánto ha cambiado Alemania y la percepción que hay del país en el extranjero.
Cuando ocurrieron las inundaciones en el valle del Ahr hace un año, unos amigos de Río de Janeiro me ofrecieron donaciones. Y ahora la terrible posibilidad de ducharse con agua fría en el próximo invierno si Rusia corta el gas es un escenario que a muchos brasileños les parece sencillamente escandaloso, teniendo ellos la costumbre de ducharse varias veces al día.
Antes, en Brasil y otros países, Alemania resonaba con admiración. En muchos aspectos, la potencia europea es vista como ejemplar, tanto en lo económico como en lo social. Sin embargo, con el tiempo también han surgido miradas críticas, y cada vez tengo que justificarme más y más por Alemania y sus problemas, intentando explicar la situación.
Muchos de mis interlocutores no tienen problemas con ello. Al contrario, dan la bienvenida a Alemania, al club de los países en crisis, y asienten con simpatía bajo la lógica de «entiendo perfectamente de lo que estás hablando».
La pandemia de coronavirus, la guerra, el terrorismo, la inflación, el «brexit», la crisis del euro y el cambio climático: la política nacional e internacional está desde hace más de 20 años en modo de crisis. Antes de que las coaliciones de gobierno puedan sentarse a pensar sobre lo que han aprendido al superar con éxito crisis pasadas, ya está encima un nuevo estado de emergencia. Y no parece haber un final a la vista.
Alemania nunca ha sido ni nunca será una isla de felicidad, aunque muchos lo deseen. Es hora de decir adiós de una vez por todas a esa aspiración. Alemania ha llegado al estado de crisis permanente.(DW).

