ENERGÍA.— Las energías renovables vuelven a posicionarse como un amortiguador clave en Europa en medio del nuevo shock energético provocado por la guerra con Irán. El encarecimiento del petróleo y el gas —derivado de la disrupción en los flujos globales y la amenaza sobre el estrecho de Ormuz— está elevando los precios de la electricidad en gran parte del continente, pero con impactos muy dispares según la matriz energética de cada país.
El contraste es claro: economías con mayor penetración de renovables o nuclear logran contener mejor el traslado a tarifas, mientras que aquellas más dependientes del gas enfrentan subas más pronunciadas, mayor volatilidad y presión inflacionaria adicional. El fenómeno reabre, además, el debate sobre la velocidad y profundidad de la transición energética en Europa.
El caso de Albania ilustra el punto. Con más del 90% de su generación eléctrica proveniente de hidroelectricidad, el país logró mantener a raya los precios mayoristas incluso en plena escalada energética. El sistema, alimentado por lluvias y deshielos y sostenido en represas construidas décadas atrás, funcionó como un “escudo” frente al shock externo. Sin embargo, esa resiliencia tiene límites: el país sigue dependiendo de importaciones en picos de demanda y sostiene tarifas mediante subsidios, lo que traslada la presión al frente fiscal.
El mapa europeo muestra una fragmentación creciente. Italia —donde más del 40% de la electricidad depende del gas— registró subas superiores al 20% en contratos mayoristas desde el inicio del conflicto. En Alemania, otro sistema intensivo en gas, el incremento supera el 15%. En el otro extremo, Francia, con una matriz dominada por energía nuclear, experimentó aumentos significativamente menores, mientras que España, que elevó rápidamente la participación de renovables a cerca del 60%, incluso registró caídas de precios.
El problema no es solo el nivel de generación renovable, sino su composición. Países como Alemania, Italia y Grecia, con fuerte presencia de energía solar, enfrentan el fenómeno conocido como “curva del pato”: abundancia de oferta y precios bajos al mediodía, seguidos de picos pronunciados en la mañana y la tarde. Sin almacenamiento suficiente, esa volatilidad obliga a seguir dependiendo del gas como respaldo.
En este contexto, el desafío estratégico es evidente: construir sistemas energéticos con mayor capacidad de almacenamiento y diversificación para reducir la dependencia marginal de combustibles fósiles importados. Sin esa infraestructura, la transición energética queda expuesta a shocks externos, como el actual conflicto en Medio Oriente.
La crisis también tiene implicancias macro. El aumento del costo energético no solo presiona sobre la inflación, sino que eleva el riesgo de desaceleración o recesión en economías más vulnerables. La experiencia de 2022, tras la invasión de Rusia a Ucrania, vuelve a estar presente en la lectura de los analistas.
En paralelo, la European Commission evalúa medidas para amortiguar el impacto, como recortes impositivos sobre la electricidad. Sin embargo, estas herramientas tienen un costo fiscal creciente, en un contexto donde los gobiernos ya vienen tensionados por subsidios energéticos.
A nivel micro, el impacto empieza a sentirse. En países como Chipre, donde las tarifas ya se ubican entre las más altas de la Unión Europea, se proyectan aumentos de hasta el 20% en los próximos meses. Empresas y hogares enfrentan subas en combustibles, insumos y costos operativos, lo que anticipa un traslado gradual a precios finales y una compresión de márgenes.
El mensaje de fondo es directo: la guerra con Irán no solo reconfigura el mercado energético global, sino que expone, una vez más, las debilidades estructurales de Europa. En ese contexto, las renovables dejan de ser solo una agenda climática para convertirse en una variable macro crítica.

