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una semana de la guerra con Irán, crecen los riesgos políticos, militares y económicos para Trump

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WASHINGTON.— A una semana del inicio de la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, el presidente Donald Trump enfrenta un escenario cada vez más complejo, con una lista creciente de riesgos políticos, militares y económicos que ponen en duda si podrá convertir los avances militares iniciales en una victoria geopolítica clara.

Aunque la operación logró un golpe de alto impacto con la muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei y ataques devastadores contra fuerzas iraníes en tierra, mar y aire, la crisis se expandió rápidamente hasta convertirse en un conflicto regional que amenaza con prolongar la participación militar estadounidense y generar consecuencias difíciles de controlar para la Casa Blanca.

Ese escenario contrasta con la estrategia que Trump había mantenido durante sus dos mandatos, basada en operaciones rápidas y limitadas, como el operativo relámpago en Venezuela a comienzos de año o el ataque puntual contra instalaciones nucleares iraníes en junio.

“Irán es una campaña militar compleja y potencialmente prolongada”, advirtió Laura Blumenfeld, experta de la Johns Hopkins School for Advanced International Studies. Según la analista, Trump está arriesgando “la economía global, la estabilidad regional y el desempeño electoral de su propio partido en las elecciones legislativas de mitad de mandato”.

Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo evitar “intervenciones militares estúpidas”, pero ahora impulsa lo que muchos especialistas consideran una guerra abierta que no estaba motivada por una amenaza inminente contra Estados Unidos.

Además, varios analistas señalan que la administración ha tenido dificultades para definir con claridad los objetivos finales de Operation Epic Fury, la mayor operación militar estadounidense desde la invasión de Irak en 2003. Desde el inicio del conflicto, el gobierno ha ofrecido diferentes explicaciones sobre los objetivos de la guerra y sobre qué significaría una victoria.

La portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, rechazó esas críticas y afirmó que el objetivo de Trump es claro: “destruir los misiles balísticos de Irán y su capacidad de producción, demoler su armada, impedir que arme a sus aliados regionales y evitar que obtenga un arma nuclear”.

Sin embargo, si la guerra se prolonga, aumentan las bajas estadounidenses y se multiplican los costos económicos derivados de la interrupción del flujo de petróleo desde el Golfo Pérsico, la ofensiva podría convertirse en la mayor apuesta de política exterior de Trump y tener consecuencias políticas internas para el Partido Republicano.

A pesar de algunas críticas dentro del propio movimiento Make America Great Again (MAGA), la base política de Trump ha respaldado mayoritariamente la ofensiva contra Irán hasta el momento.

No obstante, una eventual caída en ese apoyo podría poner en riesgo el control republicano del Congreso en las elecciones legislativas de noviembre, especialmente porque las encuestas muestran oposición a la guerra entre sectores más amplios del electorado, incluidos votantes independientes.

“El pueblo estadounidense no quiere repetir los errores de Irak y Afganistán”, afirmó el estratega republicano Brian Darling, quien señaló que la base de Trump está dividida entre quienes esperaban que evitara nuevas guerras y quienes confían en su criterio.

Otra preocupación para los analistas es la falta de claridad en los mensajes de la Casa Blanca sobre si el objetivo final es un cambio de régimen en Irán.

Al comienzo del conflicto, Trump insinuó que la caída del gobierno iraní podría ser un objetivo, alentando incluso rebeliones internas. Días después evitó mencionarlo como prioridad, aunque luego volvió a elevar el tono al sugerir que Estados Unidos debería participar en la elección del próximo líder iraní y exigir la “rendición incondicional” del país.

Mientras tanto, los riesgos en Medio Oriente continúan aumentando. Irán ha respondido con ataques contra Israel y otros países de la región en un intento por elevar los costos del conflicto para Washington y sus aliados.

Además, el grupo libanés Hezbollah reanudó las hostilidades con Israel, ampliando el alcance geográfico de la guerra.

Hasta ahora las bajas estadounidenses han sido limitadas —seis soldados muertos—, pero Trump no descartó completamente el envío de tropas terrestres y minimizó el riesgo de futuros ataques.

Consultado sobre la posibilidad de atentados inspirados por Irán en territorio estadounidense, respondió en una entrevista con la revista Time: “Supongo que sí… Como dije, algunas personas morirán”.

Para Jonathan Panikoff, exanalista de inteligencia estadounidense para Medio Oriente, la estrategia iraní podría justamente apuntar a provocar bajas estadounidenses. “Nada aceleraría más el fin de la guerra que la muerte de soldados estadounidenses. Eso es lo que Irán está buscando”, explicó.

Muchos analistas creen que Trump subestimó la complejidad de la campaña contra Irán, esperando que se desarrollara de forma similar al operativo realizado este año en Venezuela.

En esa operación, fuerzas especiales estadounidenses capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro, lo que permitió a Washington ganar influencia sobre el país sin necesidad de una intervención militar prolongada.

Irán, sin embargo, resultó ser un adversario mucho más fuerte y mejor armado, con una estructura política y militar consolidada.

Incluso el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que eliminó a Khamenei y a otros altos funcionarios iraníes no ha impedido que el país continúe respondiendo militarmente y plantea dudas sobre si los nuevos líderes podrían ser aún más radicales.

Además, existe el riesgo de que Irán caiga en el caos o se fragmente si su gobierno colapsa, lo que podría desestabilizar aún más a Medio Oriente.

Uno de los mayores temores es el impacto económico global si Irán decide bloquear el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. El tráfico de petroleros ya se ha detenido parcialmente, lo que podría tener consecuencias económicas graves si la situación se prolonga.

Aunque Trump ha minimizado públicamente el impacto del aumento del precio de la gasolina en Estados Unidos, su administración busca alternativas para reducir el impacto de la guerra sobre el suministro energético, especialmente en un contexto donde el costo de vida es la principal preocupación de los votantes.

“Es un golpe económico para Estados Unidos que aparentemente no fue anticipado del todo”, explicó Josh Lipsky, analista del Atlantic Council.

Incluso algunos funcionarios estadounidenses admiten que el impacto económico más amplio del conflicto tomó por sorpresa al equipo de Trump, en parte porque especialistas en mercados energéticos no fueron consultados antes del ataque.

La duración del conflicto es ahora una de las mayores incógnitas. Trump afirmó que la operación podría extenderse cuatro o cinco semanas o el tiempo que sea necesario, aunque aún no ha explicado cuál sería el escenario final que marcaría el fin de la guerra.

El general retirado Ben Hodges, excomandante del ejército estadounidense en Europa, elogió la eficacia militar de los ataques, pero cuestionó la estrategia política detrás del conflicto.

“Desde el punto de vista militar ha sido eficaz. Pero desde la perspectiva política, estratégica y diplomática, parece que no se pensó hasta el final”, señaló.

Mientras tanto, la guerra también pone a pruebas las relaciones de Estados Unidos con sus aliados del Golfo, que albergan bases militares estadounidenses y han prometido grandes inversiones en la economía norteamericana.

Aunque varios gobiernos de la región respaldaron la ofensiva después de ser blanco de misiles y drones iraníes, no todos apoyan la estrategia de Trump.

En una carta abierta publicada esta semana, el empresario emiratí Khalaf Al Habtor cuestionó duramente la decisión de Washington: “¿Quién le dio el derecho de convertir nuestra región en un campo de batalla?”.

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