BRASILIA.– Con las elecciones presidenciales en Brasil a poco más de seis meses, las probabilidades de que el actual mandatario Luiz Inácio Lula da Silva logre un inédito cuarto mandato se están reduciendo rápidamente.
Encuestas recientes muestran que el exlíder sindical está perdiendo terreno. Un sondeo de AtlasIntel para Bloomberg publicado el miércoles indica que Lula hoy perdería un balotaje frente a su rival Flávio Bolsonaro por un punto porcentual. En diciembre, le llevaba una ventaja de 12 puntos, lo que refleja cuán rápido el senador de 44 años ha recortado la brecha.
Más preocupantes para el presidente de izquierda son las señales de desgaste más amplias. La proporción de brasileños que califican su gestión como buena o muy buena cayó al 41%. Además, lidera la lista de políticos considerados “inelegibles”, con un 52% que afirma que no lo votaría bajo ninguna circunstancia. A su vez, los votantes expresan mayor preocupación por una nueva reelección de Lula que por una eventual presidencia de Bolsonaro, pese al encarcelamiento de su padre, Jair Bolsonaro, por conspirar para un golpe de Estado.
Los mercados de predicción cuentan una historia similar. Kalshi mostró a Lula por detrás de Bolsonaro por primera vez la semana pasada, luego de haber comenzado el año con una ventaja de más de 30 puntos porcentuales en las probabilidades de victoria.
Pocos habrían imaginado este escenario antes incluso del inicio formal de la campaña. A pesar de un tercer mandato marcado por mejoras en los ingresos reales, desempleo en mínimos históricos y reducción de la pobreza, Lula ya no es el favorito. De hecho, el histórico referente de la izquierda latinoamericana ahora parece el retador, que necesitaría una campaña muy sólida para retener el poder.
Sería un error atribuir su debilidad a factores coyunturales, como la suba de los combustibles vinculada a la guerra en Medio Oriente o el impacto del escándalo del Banco Master. El problema es más profundo y estructural: a medida que se acerca a los 81 años y se prepara para su séptima candidatura presidencial, Lula luce cada vez más desalineado con un Brasil que ha cambiado desde que asumió por primera vez en 2003.
El Brasil actual es más rico, más conservador y más evangélico. Su clase media en expansión está menos sindicalizada, es más emprendedora y muchas veces trabaja por cuenta propia, lejos de la base industrial sobre la que Lula construyó su carrera y de las políticas de bienestar que impulsó. Los votantes también son más sofisticados, más escépticos de las instituciones y más receptivos a candidatos que prometen una ruptura clara con un sistema percibido como funcional a élites políticas y empresariales. Pese a sus intentos por recuperar un discurso anti-establishment, Lula no parece el candidato más adecuado para canalizar ese sentimiento, tras haber competido por la presidencia por primera vez hace casi cuatro décadas. Además, los brasileños siguen señalando la corrupción, el crimen y el narcotráfico como sus principales preocupaciones, temas que no juegan a favor del oficialismo.
La brecha generacional es particularmente marcada. Entre los votantes de 16 a 24 años —donde la derecha viene ganando terreno—, el rechazo a Lula se acerca al 73%, según AtlasIntel. Para muchos en este grupo, el histórico líder del Partido de los Trabajadores —que tendría 85 años al final de un eventual cuarto mandato— representa logros del pasado cada vez más lejanos, en lugar de una visión convincente de futuro.
Los paralelismos con Joe Biden son difíciles de ignorar. A los 81 años, Biden inicialmente buscó la reelección en 2024 antes de que la presión interna dentro del Partido Demócrata lo obligara a dar un paso al costado. Lula, sin duda, se mantiene en buena forma y muchos —incluido quien escribe— podrían envidiar su resistencia y energía política. Sin embargo, no se trata solo de capacidad física. En una era que premia la novedad y la disrupción, desde Javier Milei hasta Zohran Mamdani, corre el riesgo de ser percibido como un dirigente del pasado.
Esa realidad debería abrir una reflexión profunda en el Palacio del Planalto. Si los números de las encuestas siguen deteriorándose, Lula podría verse obligado a considerar dar un paso al costado antes del plazo de inscripción en agosto. Como mostró la experiencia de Biden, una vez que la edad se convierte en el eje de la campaña, es difícil revertir esa narrativa. Lula puede verse tentado por la idea de una elección ajustada, como en 2022, pero debería evitar repetir la trayectoria de su par estadounidense. A diferencia de ciclos anteriores, el oficialismo cuenta con una alternativa viable en el exministro de Economía Fernando Haddad, un funcionario competente y experimentado que aparece competitivo frente a Bolsonaro y con un nivel de rechazo cerca de diez puntos menor.

