TEHERÁN.— Durante casi cuatro décadas, el ayatolá Ali Khamenei ha definido su mandato —y el lugar de Irán en el mundo— a través de su hostilidad hacia Israel y Estados Unidos. El mes pasado, esa enemistad culminó en un ataque militar contra la República Islámica, cuando Israel lanzó intensos bombardeos sobre Teherán y otras regiones del país.
El ataque tomó por sorpresa a la dirigencia iraní y supuso una gran humillación. Aunque Khamenei sobrevivió al conflicto de 12 días y a una ofensiva aérea de EE.UU. sobre instalaciones nucleares clave, más de 1.000 iraníes, en su mayoría civiles, murieron. Varios de los líderes militares más influyentes del país fueron asesinados. Las secuelas del conflicto han intensificado el escrutinio sobre el clérigo de 86 años —la máxima autoridad en Irán—, y han abierto interrogantes sobre cuánto tiempo podrá seguir en el poder, quién o qué podría reemplazarlo y qué implicancias tendría eso para un país clave en Medio Oriente, con una economía golpeada por años de sanciones.
“Khamenei, como líder, tiene la responsabilidad de asegurar que Irán siga existiendo”, afirma Foad Izadi, profesor asociado en la Facultad de Estudios Mundiales de la Universidad de Teherán, quien se ha opuesto en el pasado a los intentos de diálogo con EE.UU. “Ha dicho que se considerarán todo tipo de medidas para lograrlo, y eso es lo que hará”.
Sin embargo, Khamenei rara vez se ha mostrado tan vulnerable como ahora.
En los últimos días, han surgido indicios de que podría estar cediendo ante la presión de décadas para adaptarse a una población cada vez más secular, que se siente alienada por su interpretación estricta del islamismo. Esa alienación incluye años de marginar símbolos y eventos culturales e históricos practicados por los iraníes durante siglos, en favor de los ritos del islam chiita.
Ahora, con sus aliados regionales también golpeados por Israel, altos clérigos y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica —el brazo más poderoso de las Fuerzas Armadas— intentan movilizar el sentimiento nacionalista en torno a esos mismos símbolos que el régimen ha intentado borrar durante años.
Khamenei ha sido acusado con frecuencia de ignorar el legado persa y preislámico de Irán. Sin embargo, las actuales campañas propagandísticas que proclaman una victoria sobre Israel ahora se combinan con imágenes de figuras de la antigua Persia. Un cartel colocado la semana pasada en Teherán muestra al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, arrodillado en señal de sumisión ante un bajorrelieve de un rey persa. La imagen representa una victoria de Irán, no del régimen islámico, sobre Israel.
El sábado, Khamenei apareció en público por primera vez desde los ataques militares. En un evento altamente coreografiado, se lo vio saludando con confianza a una multitud de simpatizantes, antes de pedir que un eulogista fusionara un himno nacionalista con cánticos tradicionales de duelo chiita.
El video de la recitación se difundió ampliamente en redes sociales, donde también fue criticado como un gesto cínico. No obstante, fue llamativo por lo inusual, dado que los clérigos más conservadores del país han menospreciado históricamente cualquier expresión de nacionalismo iraní en favor del islamismo. La necesidad de unidad nacional, un concepto que los reformistas repiten sin lograrlo, se ha vuelto ahora más urgente también para los sectores conservadores.
“Ha habido un repunte del nacionalismo, claramente estimulado por la ofensiva militar israelí. Es natural que el sistema lo utilice”, señala Saeed Laylaz, economista y exasesor del presidente Masoud Pezeshkian. “Los himnos nacionalistas están hoy por todos los canales de radio estatal”.
No está claro si estos gestos serán suficientes para convencer a los opositores del régimen de que Khamenei realmente busca una reforma. Pero podrían darle algo de tiempo al liderazgo. Durante años, el poder de Khamenei ha sido puesto a prueba por la mala gestión crónica, el colapso de la infraestructura y la devastación ambiental. Y cada vez que la frustración popular ha derivado en protestas masivas —por elecciones fraudulentas, el precio de los combustibles o los derechos de las mujeres—, la respuesta ha sido la represión violenta.
“Khamenei claramente reconoce que hoy no basta solo con el islam”, dice Hooman Majd, autor de La democracia del ayatolá, “y que el liderazgo necesita apoyarse también en el nacionalismo”.

