LONDRES— El primer ministro británico, Keir Starmer, anunció este lunes su dimisión al cargo, precisando que su sucesor estará en funciones para cuando el Parlamento reanude sus sesiones en septiembre.
Menos de dos años después de haber logrado una victoria electoral aplastante bajo la promesa de poner fin al caos político en el Reino Unido, Starmer confirmó que respaldará a quien sea elegido para reemplazarlo.
La presión sobre el mandatario, que se venía acumulando desde hacía meses, se intensificó drásticamente el viernes tras la decisiva victoria de Andy Burnham. El actual alcalde de Gran Mánchester obtuvo un escaño parlamentario para regresar a Westminster tras derrotar al candidato de Reform UK, el partido de Nigel Farage que lidera las encuestas nacionales desde hace más de un año.
El triunfo de Burnham ha devuelto la esperanza a los legisladores laboristas, quienes confían en que este político de carrera, reconocido por sus habilidades comunicativas, logre revertir la caída de un partido cuya popularidad se hundió bajo el mandato de Starmer, quien registra los índices de aprobación más bajos para un líder británico.
Sin embargo, el relevo no está exento de riesgos. Más allá de declarar que el país necesita un cambio fundamental y reducir el coste de vida, Burnham aún no ha definido su estrategia en materia de política exterior, economía y defensa.
Al igual que Starmer, el próximo líder podría encontrarse sin margen de maniobra, acorralado por los inversores del mercado de bonos —opuestos a cualquier endeudamiento adicional— y ante un electorado descontento que percibe que las instituciones del país no funcionan. Debido a su elevada deuda, los pagos de intereses, años de crecimiento económico anémico y la necesidad urgente de inversión en áreas como defensa, el Reino Unido afronta actualmente los costes de endeudamiento más altos del G7.
Inversores consultados por Reuters mostraron opiniones divididas sobre si Burnham respetará la estabilidad de los mercados, tras unas polémicas declaraciones el pasado septiembre en las que afirmó que el país debía superar la situación de «estar empeñado con los mercados de bonos». El político alegó posteriormente que sus palabras fueron malinterpretadas.
«Desde nuestro punto de vista, un gobierno de Burnham heredaría una situación fiscal precaria y con pocas herramientas para implementar un cambio significativo», señalaron el viernes economistas de Citibank.
Pese a que Starmer había asegurado el viernes que daría batalla en cualquier proceso formal de primarias laboristas, su postura cambió drásticamente durante el fin de semana.
Quien asuma el cargo se convertirá en el séptimo primer ministro del Reino Unido desde la votación del Brexit para abandonar la Unión Europea, de la cual se cumplen diez años esta misma semana. Esta rotación institucional —la más alta en territorio británico en casi dos siglos— subraya la dificultad de retener el apoyo de unos votantes castigados por los sucesivos fracasos gubernamentales en la mejora del nivel de vida, los servicios públicos y el control de la inmigración ilegal.
Según la consultora de riesgo político Eurasia, el escenario actual representa la salida más ordenada: la salida de Starmer en septiembre le permitirá asistir a la cumbre de replanteamiento de relaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea en julio, otorgando además a Burnham el tiempo necesario para preparar la transición de gobierno.

