TOKIO.— La promesa de la probable próxima primera ministra de Japón de reafirmar la influencia del gobierno sobre el banco central ha despertado temores de injerencia política en la política monetaria. Sin embargo, la debilidad del yen y las tensiones políticas podrían limitar cualquier intento de presión.
Sanae Takaichi está a punto de convertirse en la próxima jefa de gobierno de Japón y ya ha sacudido a los mercados al declarar que tomará el control de la orientación de la política monetaria tras ganar el liderazgo de su partido, reavivando los recuerdos del agresivo estímulo económico impulsado por Shinzo Abe en la década pasada.
“El gobierno debe ser responsable de la política fiscal y monetaria. Luego, el Banco de Japón considerará los medios más apropiados”, afirmó Takaichi en una conferencia de prensa tras su victoria del fin de semana, subrayando la necesidad de volver a impulsar el crecimiento.
Su liderazgo podría representar el mayor desafío político para el gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, un académico de tono moderado que asumió el cargo hace dos años con el mandato de desmantelar el estímulo monetario radical aplicado por su predecesor designado por Abe.
Sin embargo, el alcance del desafío de Takaichi probablemente se vea limitado por los riesgos de inflación, la fuerte depreciación del yen y la débil posición política de su partido, problemas que su difunto mentor Abe nunca enfrentó.
Según analistas y fuentes, las diferencias entre el gobierno y el banco central se reflejarían más en la comunicación y en las expectativas sobre el ritmo y la magnitud de futuras subas de tasas de interés que en medidas concretas.
Solo eso podría bastar para agitar la volatilidad de los mercados.
“Es una amenaza enorme para el Banco de Japón, porque sus declaraciones muestran que tiene poco respeto por la independencia del banco central”, dijo el exmiembro del directorio del BOJ, Takahide Kiuchi.
“Es muy probable que interfiera en la política monetaria y trate de frenar las subas de tasas”, agregó Kiuchi, quien integraba el directorio cuando el entonces gobernador Haruhiko Kuroda lanzó el masivo estímulo de 2013. “Estoy seguro de que en el BOJ están muy alarmados”.
El cuestionamiento a la independencia del Banco de Japón surge en un momento en que la política monetaria de varios bancos centrales —desde Estados Unidos hasta Nueva Zelanda o Indonesia— enfrenta una creciente presión política.
Bajo la ley de 1998, el BOJ goza nominalmente de independencia, aunque ello no lo ha protegido de presiones políticas pasadas para expandir el estímulo en una economía estancada.
Si bien el gobierno no puede destituir a un gobernador en funciones, tiene autoridad para designar tanto al titular como a los miembros del directorio, con la aprobación del Parlamento.
El caso más extremo de intervención ocurrió en 2013, cuando Abe eligió personalmente a Kuroda para que reemplazara la cautela del entonces gobernador Masaaki Shirakawa y aplicara una política monetaria más expansiva.
Aunque Takaichi es conocida principalmente por su postura nacionalista, sus ideas económicas están moldeadas por asesores que promueven una política fiscal y monetaria expansiva.
Según fuentes con conocimiento de contactos previos entre ambos lados, esa injerencia podría manifestarse tanto mediante comentarios públicos de la primera ministra y sus asesores como en conversaciones informales con funcionarios del banco.
El exvicegobernador del BOJ Masazumi Wakatabe, cercano a Takaichi, señaló que el banco central probablemente tenga dificultades para justificar una suba de tasas este año debido a la debilidad económica.
A diferencia de la era Abe, la inclinación de Takaichi por mantener una política monetaria laxa podría verse contenida por nuevas realidades económicas y políticas.
Por un lado, la presencia de legisladores veteranos con posturas más conservadoras en materia económica podría contrarrestar su radicalismo.
Entre ellos se encuentra el ex primer ministro y ministro de Finanzas Taro Aso, ahora vicepresidente del partido, quien aboga por mantener el control fiscal de Japón —el país más endeudado del mundo desarrollado— y evitar depender en exceso de una política monetaria ultraflexible.
Además, el Partido Liberal Democrático (PLD) de Takaichi se encuentra en una posición política frágil, con una coalición minoritaria que podría desintegrarse, lo que pondría en riesgo los votos necesarios para confirmarla como primera ministra.
Incluso si logra ser electa, podría verse obligada a ceder el Ministerio de Finanzas a la oposición, lo que añadiría incertidumbre sobre cuánto poder real tendría para presionar al Banco de Japón.
El contexto económico también ha cambiado radicalmente desde los tiempos de la “Abenomics”, cuando Japón sufría dos décadas de deflación, crecimiento débil y un yen fuerte que afectaba a sus exportaciones.
Hoy, Japón enfrenta una inflación superior al 2% desde hace más de tres años, impulsada por el encarecimiento de materias primas y un yen débil que obliga a las empresas a subir precios.
Retrasar demasiado las subas de tasas podría provocar una nueva caída del yen y agravar la inflación, un escenario que ha resultado políticamente desastroso para sus predecesores.
El aumento del costo de vida fue un factor clave en la derrota electoral del PLD en la Cámara Alta en julio.
La especulación de que la llegada de Takaichi podría forzar al BOJ a retrasar las subas de tasas ya llevó al yen a un mínimo de ocho meses frente al dólar, lo que obligó a las autoridades japonesas a intervenir verbalmente en el mercado.
Takaichi podría verse obligada a permitir una suba de tasas a corto plazo si la caída del yen continúa y amenaza con disparar aún más los precios, señaló el exejecutivo del BOJ Kazuo Momma, quien negoció con el gobierno de Abe.
“El mayor perdedor de un yen débil es el gobierno”, dijo Momma. “Si la aprobación de Takaichi cayera desde el inicio, sería por culpa del yen débil. Estoy seguro de que personas a su alrededor, como Aso, lo saben muy bien”.

