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Argentina, el laboratorio de Trump para frenar a China en América Latina con poder financiero

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WASHINGTON.— En una región golpeada por la intervención de Estados Unidos en Venezuela, Buenos Aires es uno de los lugares donde Trump usó su poder para ayudar a un aliado.

El derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela ofreció la señal más clara hasta ahora de la intención de Donald Trump de reafirmar el dominio de Estados Unidos en el continente americano, pero es Argentina la que da pistas sobre cuán exitosa puede ser, en última instancia, la llamada “Doctrina Donroe”.

Incluso antes de la impactante intervención en Caracas, Trump había recurrido con frecuencia a la agresión para intentar imponer su voluntad en América Latina: amenazó con el uso de la fuerza militar a México, Colombia y Panamá, aplicó aranceles punitivos a Brasil y metió mano en una elección en Honduras.

Pero Argentina, hogar de uno de sus aliados más férreos a nivel global, es quizás el único lugar donde se apoyó en el puro poder financiero del gobierno estadounidense para ayudar a un amigo.

La pregunta, a medida que se disipa el polvo en Venezuela y la estrategia de Trump se vuelve más clara, es si recurrirá con mayor frecuencia a ese enfoque, especialmente considerando que ha mostrado señales iniciales de cumplir su objetivo de aflojar el agarre de China sobre una economía clave de la región.

El pasado septiembre, con el líder argentino Javier Milei atrapado en el momento más delicado de su presidencia, Trump acudió al rescate: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció un salvavidas de 20.000 millones de dólares destinado a frenar la caída de la moneda y reforzar la confianza del mercado en Argentina de cara a unas elecciones legislativas cruciales.

Fue un movimiento casi sin precedentes, con claras motivaciones políticas. El Tesoro no intervenía de ese modo en una economía latinoamericana desde la crisis cambiaria de México en 1995, un episodio que amenazaba con desbordarse hacia Estados Unidos.

Los problemas del peso argentino no implicaban un riesgo similar. Pero Milei había hecho gestos extremos para demostrar su devoción a Trump, realineando ideológicamente a Argentina con el líder estadounidense.

En febrero de 2024, el mandatario argentino voló a Washington para respaldar a Trump apenas días después de que el entonces secretario de Estado del presidente Joe Biden visitara Buenos Aires. Desde entonces, se volvió habitual su presencia en Mar-a-Lago, la Casa Blanca, la Conferencia de Acción Política Conservadora y cualquier otro lugar donde pudiera conseguir aunque fuera un minuto de la atención del presidente de Estados Unidos.

El apoyo decisivo de Trump fue la prueba de que la apuesta de Milei había rendido frutos. En octubre, obtuvo una victoria aplastante en las legislativas, lo que le dio margen para seguir adelante con su régimen de “terapia de shock” para una economía argentina castigada.

Pero Trump también salió beneficiado, incluso antes de que Argentina devolviera la semana pasada 2.500 millones de dólares a Estados Unidos de lo que había utilizado de la línea swap. En el último año, Milei avanzó para limitar una mayor penetración de China en Argentina, un país que, como muchos de sus vecinos, ha visto crecer con fuerza la inversión del gigante asiático en los últimos años.

Poco después de que Estados Unidos entregara la ayuda, Milei impuso nuevos obstáculos a la construcción de un telescopio chino en los Andes argentinos. Mientras avanzaba con un nuevo plan de energía nuclear, mantuvo congelado un proyecto de central de 8.000 millones de dólares respaldado por Beijing. Y en diciembre, una empresa china volvió a ser bloqueada para competir por un proyecto de dragado de una vía navegable clave utilizada para exportar mercancías al mundo.

Sin embargo, Milei ha sido cuidadoso de evitar una ruptura total con China. El presidente que durante la campaña calificó al gobierno comunista chino de “asesino” suavizó su retórica ya en el poder, y el Banco Central argentino renovó en abril pasado una parte de su línea swap cambiaria de 18.000 millones de dólares con el Banco Popular de China.

Una instalación espacial china ya construida —que Estados Unidos sostiene podría utilizarse para vigilancia militar— sigue operando. Hasta noviembre, las exportaciones argentinas a China habían aumentado un 57% en 2025 respecto del año anterior, muy por encima del incremento del 26% de los envíos a Estados Unidos en el mismo período.

Un vocero de Milei no respondió a una solicitud de comentarios. Pero en una entrevista televisiva la semana pasada, el presidente marcó una diferencia entre los vínculos de Argentina con Estados Unidos y sus relaciones con otros países.

“Somos aliados de Estados Unidos e Israel en geopolítica, y luego están las cuestiones comerciales, que se tratarán como cuestiones comerciales”, dijo Milei.

Eso refleja una realidad básica que Trump tendrá pocas alternativas más que reconocer: por más que él u otros quieran expulsar a China de América Latina, Beijing llegó para quedarse. Ni siquiera el gobierno más amistoso puede rehacer por completo las relaciones geopolíticas y económicas solo porque Washington así lo quiera.

Las inversiones extranjeras directas de China en proyectos en América superaron los 180.000 millones de dólares hacia el tercer trimestre del año pasado, según datos de Rhodium Group, una consultora estadounidense. Su influencia económica superó a la de Estados Unidos en 14 de los 33 países de la región desde comienzos de siglo, de acuerdo con Bloomberg Economics.

Y aunque Trump pasó de la retórica belicista a la acción militar concreta en Venezuela, pocos gobiernos latinoamericanos se mostraron inmediatamente persuadidos.

En una región desesperada por inversiones en infraestructura y tecnología para explotar minerales críticos, modernizar industrias y empujar a las economías hacia el futuro, pocos parecen ver a Estados Unidos como una alternativa creíble al dinero que fluye desde Beijing. Las políticas comerciales de Trump, además, agravan el problema al desalentar a las empresas privadas estadounidenses a invertir en el exterior. Eso ha dejado a Argentina como la excepción en lo que respecta al compromiso de Estados Unidos, que sigue inclinado más a la coerción que a los incentivos.

“Milei es el único caso en el que las zanahorias también forman parte del arsenal de Estados Unidos y hay recompensas, no solo ausencia de castigo”, dijo Benjamin Gedan, investigador senior y director del programa para América Latina del Stimson Center en Washington.

Esa dinámica casi con seguridad tendrá que cambiar si Trump quiere convertir su resurrección de la Doctrina Monroe del siglo XIX en una política capaz de ampliar la influencia actual de Washington, incluso cuando las elecciones en Chile y Bolivia han iniciado un giro regional hacia la derecha que podría acelerarse con Brasil, Colombia y Perú yendo a las urnas este año.

De lo contrario, los líderes aliados probablemente se encontrarán en posiciones similares a las de los adversarios de Trump: tratando de equilibrar entre dos superpotencias rivales, sin poder darse el lujo de enemistarse con ninguna.

Milei no es la excepción. En la entrevista televisiva de la semana pasada, el presidente argentino dijo que planea visitar China más adelante este año.

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