BRASILIA.- A menos de tres meses de albergar la cumbre climática de la ONU COP30, Brasil acelera sus esfuerzos para poner en marcha un fondo de 125.000 millones de dólares destinado a financiar la conservación forestal en todo el mundo. El viernes obtuvo el respaldo formal de otros países amazónicos, luego de que se anunciaran cambios en el diseño del fondo.
La iniciativa, conocida como Tropical Forest Forever Facility (TFFF), busca financiar la protección de bosques tropicales a través de rendimientos de inversiones en activos de renta fija de alto rendimiento. Su objetivo es garantizar financiamiento a largo plazo para hasta 74 países en desarrollo con el fin de detener la deforestación, yendo más allá de las donaciones tradicionales y los programas de créditos de carbono, que hasta ahora se han mostrado insuficientes.
El fondo consiguió el apoyo de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) durante su cumbre realizada el viernes en Bogotá. Además de Brasil, el bloque incluye a Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela.
En una declaración conjunta, los países anunciaron que respaldan el lanzamiento del fondo durante la COP30, que se celebrará en la ciudad amazónica de Belém, e instaron a “países inversores potenciales, organismos multilaterales, bancos de desarrollo, fondos climáticos, agencias de cooperación internacional, filantropía y sector privado a anunciar contribuciones ambiciosas y concretas para la capitalización del TFFF”.
Una propuesta actualizada difundida el jueves señala al Banco Mundial como la institución “prospectiva” que brindaría servicios fiduciarios y administrativos. La entidad ya ofrece asistencia técnica al proyecto; para asumir un rol más específico deberá pasar por una revisión interna, incluso del directorio. Un funcionario vinculado a la planificación del TFFF dijo a un diario brasileño que la crisis diplomática entre Brasil y EE. UU. podría llevar a que la administración Trump se oponga a la participación del Banco Mundial.
Otra modificación prevé la creación de un consejo asesor con representantes de comunidades indígenas y locales, que deberán recibir al menos el 20% de los recursos, según las reglas del TFFF.
Las nuevas normas también contemplan el riesgo de pérdida de vegetación en áreas no boscosas, como las sabanas: los países participantes enfrentarán suspensión de pagos si no se controla la deforestación en todos los tipos de vegetación primaria.
Según Carlos Rittl, director de políticas públicas, bosques y cambio climático en la World Conservation Society, los lineamientos generales del proyecto no cambiaron. Los principales avances, dijo, son el mayor protagonismo para las comunidades indígenas y locales, más detalles sobre la gobernanza y un veto explícito a inversiones del fondo en combustibles fósiles.
Rittl, que colaboró en el diseño, señaló que se espera que el fondo realice sus primeros desembolsos en 2027. “El fondo no es una panacea. Los costos para financiar desarrollo con reducción de emisiones, adaptación y protección de biodiversidad alcanzan trillones de dólares al año”, sostuvo. Pero será un recurso clave, agregó: “Imaginen el impacto en la cuenca del Congo, que hoy recibe menos del 10% del financiamiento mundial para protección forestal”.
Brasil pide a los países desarrollados que ofrezcan préstamos a 40 años con bajo costo y garantías por 25.000 millones de dólares para poner en marcha el fondo. Ningún país ha comprometido dinero aún, aunque Francia, Alemania, Noruega, Reino Unido, Emiratos Árabes Unidos y, hasta hace poco, Estados Unidos participaron en su diseño. El plan ha recibido críticas por vincular la conservación de bosques a mercados financieros imprevisibles y por aplicar un enfoque basado en la rentabilidad, que en parte contribuyó a poner estos ecosistemas en riesgo.
Los bosques son sumideros de carbono esenciales para frenar el cambio climático: alrededor del 30% de las emisiones de carbono terminan almacenadas en plantas, árboles y suelos. La Amazonia, que ocupa un área casi del doble del tamaño de India, almacena el equivalente a casi dos años de emisiones globales de carbono, según un estudio. Este rol, sin embargo, está cada vez más amenazado por la deforestación y el aumento de los incendios forestales, alimentados en parte por el calentamiento global.

