TOKIO.—El mercado de deuda de Japón dejó de ser un refugio de estabilidad y pasó a convertirse en una fuente de volatilidad global.
Días después del desplome de los bonos soberanos japoneses (JGB), operadores e inversores siguen sorprendidos por la velocidad y la magnitud del movimiento: los rendimientos saltaron un cuarto de punto porcentual en una sola rueda, algo impensado en un mercado que durante décadas se movió a paso de tortuga.
Durante buena parte del siglo XXI, Japón fue sinónimo de tasas ultrabajas, financiamiento barato y estabilidad en momentos de crisis global. Esa era terminó. La inflación, largamente ausente, se consolidó, y el giro fiscal impulsado por la primera ministra Sanae Takaichi aceleró la huida de los bonos.
El resultado: los rendimientos de los títulos más largos superaron el 4%, un nivel que hasta hace poco parecía ciencia ficción, y empezaron a presionar al alza las tasas en Estados Unidos, Europa y el Reino Unido.
El detonante inmediato fue político. Japón se encamina a una elección anticipada el 8 de febrero, con Takaichi y sus rivales compitiendo por quién promete un mayor estímulo fiscal. Ese escenario elevó el temor a un mayor endeudamiento de un Estado que ya carga con una deuda equivalente a cerca del 230% del PIB, la más alta del G7.
Un shock que se exporta al mundo
El martes pasado, tras el anuncio electoral, el mercado sufrió uno de sus peores episodios: el derrumbe de los bonos ultralargos borró unos u$s 41.000 millones a lo largo de la curva. El rendimiento del bono a 40 años tocó un récord por encima del 4% y el del 30 años saltó más de 25 puntos básicos en una sola jornada, ocho veces el rango diario promedio de los últimos cinco años.
El impacto cruzó fronteras. Los Treasuries estadounidenses cayeron y el tema se coló en la agenda del Foro de Davos. Según Goldman Sachs, cada shock idiosincrático de 10 puntos básicos en los JGB agrega entre 2 y 3 puntos básicos de presión alcista sobre los rendimientos en EE.UU. y otros mercados desarrollados. El propio secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, llegó a comunicarse con la ministra de Finanzas japonesa para transmitir que el sacudón ya se sentía en Wall Street.
Yen, BOJ y el efecto “whack-a-mole”
La volatilidad no se limitó a los bonos. El yen también mostró movimientos bruscos. El gobernador del Bank of Japan, Kazuo Ueda, dejó abierta la puerta a compras de bonos para estabilizar el mercado, lo que dio algo de alivio a la deuda larga, pero provocó una nueva ola de ventas en la moneda. Poco después, el yen rebotó ante rumores de intervención oficial y señales de coordinación internacional, lo que reforzó la sensación de un mercado a prueba constante de la capacidad de respuesta de las autoridades.
El trasfondo preocupa aún más a largo plazo. Con rendimientos domésticos más altos, los inversores japoneses podrían repatriar parte de los cerca de u$s 5 billones que hoy tienen invertidos en el exterior, sin contar el efecto de las posiciones financiadas en yen vía carry trade. Ese repliegue implicaría ventas de activos globales y más presión sobre las tasas internacionales.
De refugio a fuente de riesgo
El proceso viene gestándose desde 2024, cuando el Banco de Japón puso fin a las tasas negativas. Desde entonces, las caídas en el mercado de JGB se volvieron más frecuentes y violentas. La retirada gradual del banco central como comprador dominante dejó un vacío que los inversores locales no llenaron, mientras los inversores extranjeros —más rápidos y tácticos— ganaron peso: hoy explican cerca del 65% del volumen mensual de transacciones, frente al 12% en 2009.
La combinación de baja liquidez, inflación persistente y una política fiscal expansiva encendió las alarmas. Algunos comparan el escenario con el “momento Truss” del Reino Unido en 2022, cuando un plan fiscal mal recibido desató una crisis en el mercado de bonos. Aunque Japón aún está lejos de ese desenlace, la volatilidad actual marca un cambio de régimen.
El mensaje que deja el colapso es claro: el mercado que durante años ancló la estabilidad financiera global ahora se convirtió en un nuevo foco de riesgo sistémico. Y, según advierten los propios gestores, esto recién empieza.

