WASHINGTON.— El presidente Donald Trump reescribió las reglas de Washington para tratar con China durante su primer mandato: adoptó la confrontación, lanzó una guerra comercial y rompió con décadas de política exterior. Pero en su segundo mandato, los sectores más duros hacia China en la capital estadounidense temen que Trump se esté ablandando.
Mientras el mandatario busca un pacto comercial con su principal rival económico y estratégico, los defensores de una postura más firme temen estar siendo marginados dentro de la administración, a medida que la influencia del sector tecnológico crece, junto con el apetito de Trump por lo que él mismo ha llamado “un gran acuerdo”.
La preocupación aumentó ante la próxima reunión con el presidente Xi Jinping, prevista para las próximas semanas. En la previa, China ha presentado una serie de exigencias que podrían alterar décadas de política estadounidense, entre ellas flexibilizar los límites a la inversión a cambio de mayores flujos de capital y debilitar el apoyo de EE.UU. a Taiwán.
Para los más duros, las alarmas se dispararon cuando Trump mostró que estaba dispuesto a pasar por encima de sus advertencias, como en el acuerdo que permitió la continuidad de TikTok o su plan para que Nvidia venda parte de sus chips de inteligencia artificial a China.
Además, el presidente purgó el Consejo de Seguridad Nacional de varios asesores que promovían una línea más dura con Pekín, reduciendo su peso al punto de que muchos expertos en seguridad y tecnología temen que ya no quede nadie capaz de frenar la presión por reabrir negocios con China.
“Pekín está en su momento ideal”, dijo Matt Pottinger, exsubdirector de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump. “La Casa Blanca parece no darse cuenta de que su política sobre TikTok y el debilitamiento de las restricciones a la exportación de chips son enormes concesiones unilaterales al Partido Comunista Chino”.
En parte, la postura de Trump no sorprende: siempre ha mostrado disposición a negociar con actores internacionales marginados, como Vladimir Putin o Kim Jong-un. Pero el riesgo con China es mucho mayor, dada la interdependencia de ambas economías y el hecho de que Pekín compite con Washington en inteligencia artificial, chips y cibertecnología.
Trump ha invocado la seguridad nacional para imponer aranceles sobre productos como aluminio, acero y hasta gabinetes de cocina. Pero en su primer mandato también bloqueó intentos de restringir ventas a China, criticando a sus asesores por usar lo que llamó el “falso término de seguridad nacional”.
La tensión salió a la luz la semana pasada cuando el CEO de Nvidia, Jensen Huang, arremetió contra los halcones anti-China en una entrevista de pódcast. Este empresario, que se ha vuelto un asesor informal de peso para Trump en temas de tecnología y China, dijo que los halcones llevan “una insignia de vergüenza” y que su postura es “antipatriótica”. Sus defensores luego afirmaron que sus dichos fueron sacados de contexto.
La respuesta fue inmediata: el exasesor Steve Bannon pidió el arresto de Huang, acusándolo de ser “un agente de influencia del Partido Comunista Chino”, mientras que el inversor Joe Lonsdale, afín a Trump, declaró que estaba “orgulloso de ser un halcón anti-China” y recordó que “el PCCh es un régimen autoritario, asesino y maligno”.
Huang y David Sacks —inversor tecnológico y asesor de Trump en temas de IA y criptomonedas— sostienen que los halcones se equivocan. Argumentan que conviene mantener a China dependiente de la tecnología estadounidense, para evitar que sus empresas acumulen poder suficiente como para dominar otros mercados.
“Este relato que intenta enfrentar a los halcones con los empresarios en la administración parte de una falsa dicotomía”, dijo Sacks. “Todos coincidimos en que hay que ganar la carrera de la IA contra China. La diferencia está en la táctica: nosotros creemos que la forma de hacerlo es apoyando la innovación, la infraestructura, la energía y las exportaciones estadounidenses.”
En agosto, Trump revirtió restricciones a la venta de ciertos chips de IA de Nvidia y AMD a cambio de que el gobierno reciba un 15% de las ganancias. Sin embargo, las dos empresas siguen impedidas de vender chips más avanzados a China, y no está claro cuántos límites se flexibilizarán a medida que avanzan las negociaciones entre Washington y Pekín.
Desde la Casa Blanca, aseguran que Trump sigue siendo duro con China, recordando los altos aranceles impuestos a productos chinos este año. Sostienen que el presidente puede equilibrar los intereses comerciales y la seguridad nacional, y tener una relación firme pero funcional con Xi.
“Como ha dicho el presidente, mantiene una buena relación con Xi, la cual utiliza para lograr mejores resultados para los estadounidenses, como el acuerdo que salvó TikTok sin comprometer la seguridad nacional”, afirmó la portavoz Anna Kelly en un correo.
En septiembre, la Casa Blanca retiró sin explicación la nominación de Landon Heid como subsecretario de Comercio a cargo de la Oficina de Seguridad Internacional, responsable de los controles de exportación. Heid, exdiplomático en Pekín y exasesor del Congreso sobre China, había advertido que la búsqueda china de tecnologías emergentes representa “una amenaza profunda” para la seguridad estadounidense.
Según una fuente interna, Heid fue considerado “demasiado halcón”, reflejando la brecha creciente entre la Casa Blanca y el Congreso, donde la línea dura contra China sigue predominando.
Aunque figuras escépticas como el secretario de Estado Marco Rubio o el vicepresidente JD Vance aún integran la administración, han optado por guardar silencio en materia de política hacia China.
Para varios veteranos del debate en Washington, el ambiente recuerda los años previos a 2015, antes de que Trump impusiera un consenso bipartidista sobre la necesidad de confrontar a Pekín.
“Son básicamente los mismos que dirigían la política hacia China antes de que Trump cambiara el tono en 2015”, dijo Derek Scissors, analista del American Enterprise Institute. “La ironía es que Trump cambió la conversación sobre China, y ahora, siendo presidente otra vez, están volviendo a cambiarla en sentido contrario.”
Aun así, algunos halcones creen que terminarán imponiéndose. Michael Sobolik, del Hudson Institute, afirmó que persiste una profunda desconfianza hacia Pekín y hacia los intereses empresariales que presionan por suavizar la política.
“Es tentador creer que podemos maximizar las ganancias sin sacrificar la seguridad”, dijo Sobolik. “Pero el Partido Comunista Chino siempre encuentra la forma de exponer la falacia en medio de ese argumento.”

