TOKIO — Los votantes japoneses parecen dispuestos a respaldar la visión de una Japón más asertivo impulsada por la primera ministra Sanae Takaichi, incluso mientras los mercados financieros observan con cautela el giro hacia un mayor gasto público y una política exterior más firme.
La trayectoria de Takaichi se remonta a mediados de los años 80, cuando, recién salida de la universidad, ingresó a un exigente programa de formación de élite bajo la tutela de Konosuke Matsushita, fundador de Panasonic y figura reverenciada en Japón como el “Dios del Management”. Allí absorbió una idea que marcaría su carrera: gobernar el Estado como si fuera una empresa, con el líder actuando como director ejecutivo.
En ese instituto —caracterizado por disciplina extrema, estudios intensivos de economía y filosofía, y una fuerte impronta en la gestión eficiente— Matsushita anticipaba ya dos grandes cambios: una desaceleración de la economía japonesa y el desplazamiento del centro de gravedad global hacia Asia. Fue entonces, con apenas 24 años, cuando Takaichi decidió que su lugar estaría en la política.
Esa formación sigue influyendo en su agenda. Aliados y excompañeros describen una dirigente que defiende una política fiscal expansiva pero responsable, orientada a inversiones de largo plazo más que a recortes indiscriminados. “No se revive una organización solo ajustando costos”, señaló Satoshi Shima, exlegislador y exasesor de Masayoshi Son, quien coincidió con Takaichi en el programa de formación.
Las encuestas indican que la coalición gobernante podría ampliar su ajustada mayoría en las elecciones del 8 de febrero, impulsada por la popularidad de la primera ministra. Sin embargo, los mercados reaccionaron con nerviosismo cuando Takaichi prometió acelerar un recorte del impuesto al consumo sobre alimentos, lo que llevó a un fuerte aumento de los rendimientos de los bonos y desató comparaciones con la ex primera ministra británica Liz Truss.
Personas cercanas a Takaichi rechazan esa analogía y destacan su obsesión por el detalle técnico y su convicción de que Japón necesita recuperar peso económico y geopolítico. Desde que asumió en octubre, adelantó aumentos en el gasto en defensa, vinculó la seguridad de Taiwán con la de Japón —lo que provocó la irritación de China—, reforzó la alianza con Estados Unidos y priorizó inversiones estatales en inteligencia artificial, infraestructura y semiconductores.
“Quiere un Japón respetado, cuyas decisiones importen”, dijo Michael Green, exfuncionario estadounidense que mantiene contacto con la mandataria desde fines de los años 80.
Takaichi no realizó comentarios durante la campaña electoral y su oficina no respondió a consultas por escrito. Mientras tanto, el electorado parece inclinarse por su apuesta: gastar más, hablar más fuerte y reposicionar a Japón en un tablero global cada vez más tenso.

