WASHINGTON.— El presidente de Donald Trump y su par brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, dieron este jueves una señal de distensión diplomática tras mantener una extensa reunión en la Casa Blanca que se prolongó durante casi tres horas y dejó definiciones políticas, comerciales y geopolíticas clave para la relación bilateral.
El encuentro, que originalmente iba a durar poco más de una hora, incluyó un almuerzo privado y terminó con un compromiso concreto: ambos gobiernos volverán a reunirse dentro de los próximos 30 días para avanzar en negociaciones vinculadas a los aranceles y otras disputas comerciales abiertas entre Washington y Brasilia.
“La reunión fue muy bien”, resumió Trump en su red social Truth Social, donde definió a Lula como un “presidente dinámico”. Del lado brasileño, Lula aseguró en una conferencia posterior en la embajada de Brasil en Washington que el diálogo representó “un paso importante” en la relación entre las dos principales democracias del continente.
“Hubo varias bromas. El clima fue muy bueno”, señaló el mandatario brasileño, que incluso habló de una especie de “amor a primera vista” con Trump, pese a las fuertes diferencias ideológicas y los cruces diplomáticos que marcaron el inicio del nuevo mandato republicano.
El encuentro se produjo luego de meses de fricciones entre ambos gobiernos. Lula había cuestionado públicamente la política exterior estadounidense, especialmente respecto a Venezuela, el embargo sobre Cuba y la estrategia militar de Washington frente a Irán.
Uno de los temas más delicados fue precisamente la guerra en Irán y el posible impacto global sobre el suministro de energía y fertilizantes. Brasil depende fuertemente de fertilizantes importados y el gobierno brasileño había advertido sobre los riesgos de un eventual bloqueo del estrecho de Ormuz.
Según relató Lula, Trump le aseguró que “no tiene intención de invadir Cuba”, en una señal destinada a bajar la tensión sobre otro de los puntos sensibles de la política regional.
El presidente brasileño volvió además a defender una salida diplomática para el conflicto con Irán y recordó el acuerdo nuclear impulsado en 2010 entre Brasil, Turquía y Teherán, antecedente del pacto firmado años después durante la presidencia de Barack Obama y posteriormente abandonado por Trump en su primer mandato.
La agenda económica dominó buena parte del encuentro. Washington mantiene aranceles sobre productos brasileños y abrió investigaciones por supuestas prácticas comerciales desleales de Brasil.
Aun así, Lula aseguró que no se discutió el sistema de pagos instantáneos Pix, desarrollado por el Banco Central de Brasil y observado con preocupación por Estados Unidos debido al impacto que podría tener sobre compañías como Visa y Mastercard.
Otro punto estratégico fueron los minerales críticos, esenciales para la industria tecnológica y la transición energética. Brasil posee las segundas mayores reservas del mundo detrás de China, lo que convirtió al país en una pieza clave dentro de la competencia global por garantizar cadenas de suministro fuera del control chino.
“Brasil estará abierto a cualquiera que quiera participar con nosotros: Estados Unidos, China, Alemania, Francia o India. Lo que no queremos es ser meros exportadores”, afirmó Lula.
La relación entre ambos líderes también estuvo atravesada por el caso de Jair Bolsonaro, aliado político de Trump y condenado a 27 años de prisión por liderar un intento de golpe de Estado contra Lula.
Trump había endurecido previamente su postura frente a Brasil justamente por el proceso judicial contra el exmandatario brasileño, lo que derivó en tensiones diplomáticas y medidas comerciales.
Sin embargo, Lula buscó bajarle el tono a ese frente y descartó que Trump vaya a intervenir en las próximas elecciones presidenciales de Brasil, previstas para octubre, donde el oficialismo podría enfrentar a Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario.
“Si interfirió en las elecciones de 2022, perdió porque yo gané”, ironizó Lula.

