FLORIDA.— Mientras la misión récord Artemis de la NASA refuerza el camino de Estados Unidos de regreso a la Luna, la apuesta de China por aterrizar astronautas allí para 2030 adquiere mayor relevancia geopolítica y aumenta la presión sobre Pekín para cumplir —o incluso adelantar— su cronograma.
Cuatro astronautas estadounidenses de la misión Artemis II sobrevolaron esta semana el lado oculto de la Luna, viajando más lejos en el espacio que cualquier ser humano hasta ahora y sentando las bases para que Artemis IV concrete un alunizaje en 2028.
El regreso planificado de Estados Unidos tras más de medio siglo es seguido de cerca por China, que está desarrollando toda la arquitectura para su primera misión tripulada lunar, desde el cohete Long March 10 hasta la nave Mengzhou y el módulo de alunizaje Lanyue.
Pekín logró avances significativos en los últimos años al convertirse en el primer país en traer muestras recogidas por robots tanto del lado visible como del lado oculto de la Luna, y su programa espacial tripulado ha ganado experiencia en la operación de estaciones espaciales y en la gestión de emergencias en órbita.
“No hay mayor premio hoy para China que llevar humanos a la Luna; es el paso esencial en su camino hacia la preeminencia espacial”, señaló Clayton Swope, subdirector del proyecto de seguridad aeroespacial del Center for Strategic and International Studies (CSIS).
Washington y Pekín también compiten en la construcción institucional de cara a un futuro con presencia humana permanente en la Luna, con los Artemis Accords impulsados por EE.UU. frente a la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), liderada por China y Rusia.
“La pregunta ya no es quién llega primero, sino quién puede quedarse más tiempo y hacer más”, afirmó Kang Guohua, profesor aeroespacial de la Nanjing University of Aeronautics and Astronautics.
Hardware completamente nuevo
Uno de los principales desafíos para Pekín será validar en los próximos cuatro años una arquitectura lunar completamente nueva, demostrando que todo el hardware en desarrollo —desde cohetes de gran capacidad hasta trajes espaciales— puede funcionar de forma confiable desde su primer uso.
La agencia espacial tripulada china indicó en 2023 que la misión dependerá de dos cohetes Long March-10: uno lanzará la nave tripulada y el otro el módulo lunar. Ambos vehículos se acoplarán en órbita lunar. Dos astronautas descenderán a la superficie, recogerán muestras y luego regresarán a la órbita para reencontrarse con la nave y volver a la Tierra.
La nave Mengzhou puede transportar hasta siete astronautas, aunque China aún no anunció la composición de la tripulación para 2030.
Las misiones robóticas recientes le dieron a China experiencia clave en comunicaciones, acoplamientos y maniobras en torno a la Luna. Sin embargo, las misiones tripuladas exigen estándares de seguridad mucho más estrictos, y partes críticas del sistema —como el cohete y la nave— siguen en fase de prueba.
En febrero, China realizó la primera prueba de escape a baja altitud del Long March-10 con una nave Mengzhou a bordo, logrando una separación exitosa de la cápsula y un amerizaje seguro. El año pasado también se probaron las capacidades de ascenso y descenso del módulo Lanyue.
Aun así, el ritmo de ensayos deberá acelerarse si el país quiere certificar el sistema para un alunizaje tripulado en 2030.
Pese a ello, Swope consideró que China avanza de manera constante y que es “muy plausible” que cumpla con su objetivo.
“China tiene un historial de fijar plazos en sus actividades espaciales y cumplirlos de cerca. No hay señales públicas de errores o retrocesos en sus planes de alunizaje tripulado”, afirmó.
Más que una carrera tecnológica
Las implicancias no son solo técnicas, sino también geopolíticas. A medida que se profundiza la rivalidad entre EE.UU. y China en comercio, tecnología y poder militar, la exploración lunar se convirtió en otro frente de competencia.
Analistas estadounidenses señalan el aumento del gasto en defensa de China, su diplomacia espacial para ampliar influencia global, el crecimiento del sector privado de lanzamientos y sus exitosas misiones robóticas como evidencia de su fuerte motivación para llegar rápido a la Luna, aunque evite hablar públicamente de una “carrera espacial”.
“China puede evitar un lenguaje que sugiera una carrera lunar, pero su objetivo estratégico es convertirse en la potencia dominante en el espacio”, explicó Kathleen Curlee, analista del Centro para Seguridad y Tecnologías Emergentes de la Universidad de Georgetown.
Al mismo tiempo, China podría estar avanzando más rápido de lo que admite. Wu Weiren, diseñador jefe del programa lunar chino, dijo a Reuters el año pasado que el objetivo de 2030 es deliberadamente conservador.
“Los pueblos orientales siempre dejan margen cuando hablan. Si puedo hacer diez, suelo decir ocho o nueve”, concluyó.

